CORRIENDO POR ALICANTE

Alicante siempre me resulta divertido, cada vez que tengo unos días libres no dudo en ir a pasar unos días y alojarme en la casa de una tía mía que me permite destinar ese dinero ahorrado única y exclusivamente a la diversión sobretodo en las playas del litoral. La gente siempre se reúne y no es difícil hacer buenos amigos verano a verano, además uno se reencuentra con los vecinos de los alrededores que de alguna forma tienen sus negocios de turismo en la zona. Sin embargo, en uno de estos viajes la mayor diversión vino a cargo de la persona menos sospechada hasta esos momentos, mi tía. No era que saliera a divertirme con ella o que me acompañara por el circuito nocturno de las discotecas de Alicante, sino que protagonizó una de las anécdotas más frescas en la historia de la familia.

 

            La historia empezó un día de semana, fue jueves si la memoria no me falla. Ese día amaneció como un día cualquiera, me levanté más o menos temprano, antes de las ocho de la mañana, y me dirigí a comprar el pan para el desayuno familiar de rigor. Compartíamos la mesa con mi tía, su marido y mis primos conversando un poco acerca de mi vida en Madrid y de las actividades que realizaban mis primos en alicante, uno de ellos dedicado casi profesionalmente al windsurf nos contaba sus aventuras cuando viajaba por algunas islas de la costa oeste del África y mi tío siempre hablando de su taller de autos y de sus últimos descubrimientos en el coleccionismo de autos en miniatura. Así se nos pasaba la hora del desayuno y en seguida partía rumbo a la playa con uno de mis primos, ya en la playa nos encontrábamos con unos amigos de la familia con quien hacía grupo mientras mi primo se iba a practicar su deporte perdiéndose entre los bañistas. La mañana se terminaba y pasando el mediodía almorzaba en uno de los lujosos restaurantes con vista al mar que nos ofrece Alicante, algo ligero eso si pues me gustaba entrar al mar casi toda la tarde y no quería que un calambre frustrara mis nados a lo largo de la costa.

 

            Ese día terminó como cualquier otro, con mi retiro poco antes de la puesta del sol. Ya en casa de mis tíos nuevamente, me daba un buen duchazo y me alistaba para dar unas vueltas por el circuito nocturno de Alicante, la idea era bailar toda la noche, hasta que el cuerpo pidiera descanso merecido. El cansancio se hizo presente ese día temprano, a eso de las dos de la madrugada y me obligó a retirarme. Antes de las tres de la mañana ya estaba descansando cómodamente en la habitación que mis tíos habían destinado para mí, no sé que tiempo habrá pasado pero el hecho es que volví de mi sueño entre gritos y mucho movimiento, al parecer era un movimiento sísmico que no paraba, tuve tiempo de pararme, ponerme un pantalón y mis zapatos y el movimiento seguía, mis tíos y mis primos hicieron lo mismo y fue mi tía la que se destacó porque además de echar unos alaridos, salió disparada por la puerta que daba al extenso corredor que desembocaba en la calle. Habrán pasado otros diez o quince segundos y el sismo se detuvo y, a los pocos segundos, vimos como mi tía regresaba cojeando por el pasadizo. Ya a nuestra altura vimos que lloraba desconsoladamente diciendo que se había roto la pierna, nosotros nos preocupamos e inmediatamente la auxiliamos, la hicimos sentar, la revisamos pero no encontramos golpes ni raspones ni nada que hiciera indicar una fractura por lo que le pedimos que se pusiera de pie e intentara dar unos cuantos pasos. Así lo hizo e inmediatamente vimos cuál era la “causa”, en su atropellada huida mi tía se había puesto una pantufla en un pie y en el otro pie traía puesto un zapato de tacón alto.

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