Encuentro con el mar de mi foto
Once de la mañana. El cielo es celeste, casi azul. Llego al Mediterráneo algo cansado. La verdad que muy exhausto. Alicante me recibe con su aeropuerto. Vanguardista y ensordecedor. Bajar del avión es abandonar la comodidad con que viajé. Allá afuera todo es nuevo, como cuando llegué al mundo. Esta plataforma aérea tiene sólo una pista de aterrizaje. Pero le basta para recibirnos alegres y despiertos. Con mis maletas en mano, doy el primer paso.
Y mientras transito una calle con edificios color ladrillo, recuerdo los datos que aprendí de memoria: Alicante pertenece a
la Comunidad Valenciana y es la ciudad principal de la provincia de Alicante. Pero qué enredo. También vienen a mi mente las imágenes del Mar Mediterráneo y su belleza ancestral. No quiero usar metáforas: su arena, sus aguas, su azul, su olor. Solamente supe de este litoral a través de los libros de historia. Y creo que me lo escenificaron muy bien, pues cuando lo vi por primera vez, note que se parecía mucho a la imagen que me había formado de él.
Pasaron unas horas y algunos trámites. Y esta forma de decir las cosas (sintaxis) me recuerda al estilo de José Carlos Mariátegui. El pensador peruano, autor de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), escribió en sus apuntes autobiográficos: “(…) Residí más de dos años en Italia, donde desposé una mujer y algunas ideas”. Nótese que utiliza el verbo esposar (contraer matrimonio, unir con algo) en doble sentido: literal y figurativo. El primero está presente en “una mujer” (objeto directo) y el segundo reside en “algunas ideas” (objeto directo). Así, dos elementos de mundos semánticos distintos se unen a partir de un verbo, que Mariátegui aprovecha con singular maestría. Pero basta de reflexionar. No es bueno andar sumidos en nuestros pensamientos mientras caminamos. Nos podemos tropezar con algún poste.
Gracias a Dios, no pasó un accidente. Tal vez porque los postes están a los costados. Es que ahora estoy en la famosa Explanada de España, un hermoso camino ancho y largo. Muy largo. Creo que desemboca en una pileta, no veo muy bien. Además, son muchas las personas que transitan por este atractivo. Observo, por ejemplo, una señora larga con falda gitana, una pareja de estudiantes con libros en manos, un dueto de adolescentes un poco tímidos. Otro detalle que llama la atención es el suelo. Las múltiples líneas decorativas que tiene marean un poco. No, no, no, no. No he bebido nada. ¿Cómo cree? Le digo que marean porque el piso parece un laberinto. Serpenteado. ¿No me cree? Pues venga a Alicante.
Por fin veo el mar. Qué placentero final a tan placentero camino. Parezco un hedonista. Es que es un verdadero placer estar frente al histórico Mediterráneo. Sin advertirlo, empieza a anochecer. La vida nocturna es dinámica aquí. Si me subiera a un helicóptero, vería un universo chispeante de pequeñas luces amarillas. Son los faroles de la diversión y las caminatas. Mañana la ruta será otra, así que me despido con un abrazo. Las imágenes de mis libros de historia nunca se compararán con este escenario vivo y cambiante. Las olas se golpean entre sí, como despidiéndose de mí. Les digo adiós y me voy.