POR LA CALLE DEL ACOSO

Alicante es punto obligado de destino para mí, siempre lo he manifestado y no me cansaré de hacerlo. Cada vez que hay oportunidad de viajar esta ciudad es muy recomendable sobre todo en la época de verano. Nada como andar sin zapatos por la arena mojada en un atardecer mientras se ven algunos veleros regresar a la costa y las últimas parejas recogiendo sus sombrillas dispuestas a regresar a sus lujosos hoteles antes de salir a ver lo que les ofrece la noche. Lo último que yo haría en Alicante sería preocuparme de algo, en sus playas el stress pierde su significado y las preocupaciones quedan abolidas automáticamente, sin embargo hubo un verano donde esta ley no se cumplió, al menos para mí. Fue justamente el verano que acaba de terminar y ya imagino que ustedes deben estar pensando que la situación se debió a los repentinos chubascos que cayeron este año, pues déjeme decirle que no fue esa la razón de mi preocupación, sino el trabajo que me ofrecieron en Alicante, aunque para ser más precisos debo decir que lo que me preocupó fue una situación de acoso que se dio en mi trabajo de verano siendo la protagonista una amiga que allí conocí. Pero me gustaría ir por partes en esta historia de verano y respetar la cronología de los acontecimientos.

 

            Debo empezar diciendo que como todos los años, mi primera y única intención al viajar a Alicante era pasar un buen rato, desentendiéndome del stress de la capital casi por completo, hasta había pensado en no llevar mi teléfono móvil para cortar toda comunicación con nadie que no estuviera conmigo, veraneando en Alicante. Sin embargo una tentadora oferta surgió a mitad de camino cuando las maletas ya estaban hechas para pasar más de dos meses de sol y playa. En efecto, la oferta llegó de boca del dueño del restaurante donde acostumbraba almorzar en cada verano que asistía a Alicante, este restaurante quedaba a unos metros de la playa y se especializaba como es lógico en comida marina. Gracias a mis constantes consumos había entablado amistad con buena parte del personal que laboraba en el mencionado local y poco antes de ultimar el viaje a Alicante recibí la llamada del propio gerente del restaurante quien me propuso para administrar un nuevo local que inaugurarían esa temporada en una playa vecina, cercana a mi lugar habitual de vacación. En primera instancia me negué agradeciéndole sobre manera la consideración y deferencia hacia mi persona pero haciéndole ver que justamente mi viaje era para alejarme del trabajo. Sin embargo el gerente no se rindió y puso todas las cartas sobre la mesa. Para comenzar, me dijo, no vas a gastar ni un solo euro en alojamiento pues tenemos un convenio con uno de los mejores hoteles de la zona y ya he gestionado un convenio para que los trabajadores que vengan de otras ciudades puedan ocupar algunas de sus habitaciones. Sonreí pero sin dejarlo notar, del otro lado del hilo telefónico. A continuación me dijo que evidentemente no iba a gastar en alimentos y bebidas tampoco, pues el restaurante que iba a administrar se encargaría de suministrármela. Hasta allí ya me parecía una excelente oferta pero cuando me dijo el sueldo que percibiría me terminó de convencer, me esperaba un jugoso contrato por tres meses de trabajo y para rematar me dijo que tenía una línea de consumo en caso quisiera invitar a comer o beber a algunos de mis amigos. ¿Qué más podía decir o pedir? Pues nada más, acepté en seco. El verano pintaba como uno de los más lucrativos, tendría menos tiempo libre pero había otras ventajas nada despreciables sobre la mesa y mi horario era ciertamente flexible.

 

            Esa misma semana llegaba a Alicante con una sonrisa de oreja a oreja y me presentaba en mi trabajo de verano. Al ingresar al restaurante, el gerente me esperaba y me acompañó personalmente a conocer las instalaciones del nuevo restaurante al tiempo que me iba presentando a los empleados. Conocía a algunos de ellos puesto que venían de trabajar en el local original en veranos anteriores, se sorprendieron gratamente al verme y me desearon la mejor de las suertes. Además de los conocidos había gente nueva, habían contratado varias meseras nuevas, muy atractivas y me las fueron presentando una por una. Me llamó la atención una de ellas llamada Miluska, era una chica bastante amable y tenía el don que tienen algunos de caerte bien casi de inmediato, siempre sonriente y muy solícita. En esos momentos no pensé que iba ha hacer una buena amistad con ella en tan poco tiempo y en el contexto laboral. Las presentaciones siguieron y finalmente me presentaron a quien sería el otro administrador del restaurante, un señor de apellido Calle que era todo lo contrario a Miluska y no me dio buena espina desde un comienzo, lo notaba como agazapado y tendencioso, cuando estrechaba la mano no miraba los ojos, en fin, quizá fuera mi imaginación, eso pensé en ese momento pero lamentablemente mis sospechas iniciales se corroboraron a los pocos días. El tal Calle se turnaría conmigo en las tareas de administración del local, pasando a la jefatura en los momentos que yo no estuviera presente y viceversa. Manos a la obra pensé y me dirigí al hotel para dejar mis pertenencias, asearme y arrancar mi primer día de trabajo.

 

            Ese día transcurrió con normalidad y fui conociendo y ganando confianza con el personal que estaba a mi cargo poco a poco, se formó un bonito de trabajo, sin embargo al pasar algunos días noté cierta incomodidad en algunos de mis trabajadores y para ser más exactos, debo decir que Miluska pidió una reunión de trabajo conmigo en la privacidad de mi despacho. Cuando me solicitó la cita me lo dijo en tono muy triste, que contrastaba a las claras con su radiante personalidad, yo pensé que se trataba de algún problema familiar de urgencia e inmediatamente la cité para esa misma tarde. Ya en mi oficina me confesó que había tenido problemas con el señor Calle pues éste se le había insinuado desde hacía días y cada vez la acosaba más rabiosamente llegando al extremo de citarla en el mismo despacho donde conversábamos en ese momento y sugiriéndole un encuentro íntimo. Miluska, temerosa, simplemente se excusaba argumentando que debía atender a los clientes pero la incomodidad iba en aumento haciéndola pensar incluso en renunciar a la empresa, así que me armé de valor y solicité una reunión con el gerente del restaurante y con el propio Calle. El encuentro fue bastante tenso y el gerente tomó una decisión bastante original y salomónica al mismo tiempo que me sorprendió tremendamente. En tono grave anunció que recortaba la tercera parte del sueldo mensual del triste Calle, misma tercera parte que iría como aumento en el sueldo de Miluska. Pero ahí no quedaba la cosa. Dijo que Miluska trabajaría ahora como asistente directa de Calle y que a la menor insinuación o mal comportamiento de éste, lo despediría sin pagarle su sueldo y denunciándolo a las autoridades por acoso sexual. El resto del verano transcurrió sin más problemas y terminé haciendo una buena amistad con Miluska en Alicante.

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