SIEMPRE HAY TIEMPO PARA EL HOTEL

Le había prometido a mi pareja llevarla de vacaciones este verano. La idea original era viajar a América, ella tenía algunos amigos en Florida, Estados Unidos que la habían invitado a pasar unos días por allá, la invitación me cayó a mí por extensión y Dorothy simplemente esperaba a que yo ultimara las cosas en el trabajo para poder escaparme aunque sea una semana. Así se fue pasando el verano y la verdad nunca tuve tiempo de desocuparme. Mi trabajo requiere que esté al frente de las decisiones casi siempre y me resultaba imposible ausentarme por muchos días de la ciudad. Por otra parte no quise decepcionar a mi pareja ya que hace mucho no salíamos de viaje, así que se me ocurrió la brillante idea de invitarla a pasar unos días a un lujoso hotel de Barcelona y agasajarla como si fuese una reina, ultimadamente así la consideraba yo, sólo que no había tenido tiempo de darle muestras de mi aprecio.

 

            Qué prueba más tangible que un hotel de lujo pensé y, efectivamente, fue un fin  de semana maravilloso. Nos alojamos en el séptimo piso del mencionado hotel y fuimos atendidos a cuerpo de reyes. Hace casi cinco años que nos casamos y por lo menos pasaron dos años para compartir una actividad de esta envergadura. Por poco menos de 200 euros la noche, nuestra habitación ofreció el confort que deseábamos con una vista magnífica al Paseo de Gracia, frente al cual saboreábamos una exquisita Menta Frappe. Sin duda uno de mis mayores éxitos, ya que el color verde esmeralda de este trago encajaba a la perfección en un anoche romántica en la que vivimos una segunda luna de miel. La menta fue además un excelente aperitivo para la cena que nos esperaba en el restaurante del hotel. A las diez de la noche bajábamos de nuestra habitación. Dorothy vestía un hermoso vestido negro, muy ligero, que elegantemente dejaba ver sus rebosantes muslos y me permitía nuevamente sentir esos celos de nuestra época de novios que tanto alimentaron la relación. El hermoso vestido de noche, se abrochaba por detrás de la nuca ofreciendo también los hombros bronceados a los ajenos y envidiosos observadores. Por mi parte y, atendiendo la solicitud de mi esposa, me enfundé en un esmoquin y permití la aparición de una barba de tres días que según Dorothy la liquidó de un solo vistazo la primera vez que nos vimos. En efecto, recuerdo que llevaba ese esmoquin el día del matrimonio de un amigo en común.

 

            Siguiendo con nuestra fantástica estancia en aquel hotel, ingresamos con una estudiada lentitud al restaurante del hotel, como desfilando por un jubileo. Una vez ubicada nuestra mesa, le retiré la silla a mi mujer, experimentando concientemente cada segundo de dicha operación, algo que se pierde con el tiempo y antes de proceder a sentarme tomé una de las rosas que se encontraban en una masera contigua y se la obsequié dedicándole unas pequeñas palabras. Los ojos se le humedecieron, los míos también, y juntos renovamos nuestro compromiso prometiendo no descuidar nuestra relación. Quizá ya no había tiempo para coordinar un viaje como antes pero siempre habría tiempo para pasar un fin de semana en un hotel de la misma Barcelona.

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