VIAJO A ALICANTE PARA SER CONSCIENTE DE LA FELICIDAD

Ya casi había olvidado un sentimiento de niñez. Yo siempre he disfrutado con las cosas simples de la vida. Volví a vivir estas inexplicables emociones para muchos cuando este verano estuve en Alicante en compañía de mi pareja. El viaje resultó de lo más cómodo y simple a la vez. Salimos solo con dos mochilas cada uno pero con la tarjeta de crédito a nuestro respaldo más algo de efectivo. Decidimos hacer este viaje a comienzos de verano porque el bronceado de Alicante es especial, no sé si es la brisa de sus playas, o el grado de salinidad e sus aguas, el hecho es que al menos yo cojo un color caoba que no lo agarro ni en el solarium más caro del planeta. A este respecto recuerdo una anécdota que me sucedió cuando aun no me había casado. Tomaba sol en la playa despreocupadamente leyendo la última entrega de la serie de Los Caballos de Troya, cuando de pronto alguien me hizo una pregunta a boca de jarro. Se trataba de un físico culturista que se acercó hasta mí única y exclusivamente para preguntarme que marca de bronceador utilizaba, ya que según el, mi color era el ideal para una competencia o para una exhibición de su deporte.

 

            Volviendo al viaje que realicé en compañía de mi pareja este verano, decía que prácticamente no hicimos ninguna actividad que se pueda llamar fuera de lo común. De hecho esa semana prácticamente la pasamos en la playa, tomando sol desde temprano, siempre cuidándonos mutuamente de los arribistas que de pronto te quieren tomar fotos con las facilidades que ahora ofrecen los equipos de telefonía móvil. Afortunadamente este año no tuvimos ningún incidente como si lo tuvimos el año pasado. En fin, decía que nos asoleamos todos los días de aquella semana, sin fallar. Almorzábamos en uno de los restaurantes que se encuentran en el Paseo de Gómiz donde tuvimos la oportunidad de hacer amistad con otras dos parejas que residían en la localidad. Gracias a ellos fue que salimos de la “rutina” y en las noches nos reuníamos en la casa de uno de ellos a tener largas charlas disfrutando un delicioso daiquiri de durazno preparado por Magda, la esposa de Lorenzo. Luego nos dirigíamos a una de las mejores discotecas de la ciudad y disfrutábamos de una moderada noche en la zona VIP. La música era excelente, el DJ era alemán y tenía un sentido del ritmo fabuloso, era un gran manejador de los tiempos y sobre todo de los silencios, los cuales insertaba estudiadamente logrando sobrecoger el clímax que ya había conseguido a lo largo de toda la noche. Sus mezclas musicales propiciaban que la gente no deje de bailar. Sin duda fue un gran ejercicio físico para todos.

 

            Sin embargo estos bailes electrónicos ya los habíamos gozado en otras ciudades europeas y lo que más me gratificó de nuestro último viaje eran las tardes, cuando el sol ya abandonaba la playa y nosotros disfrutábamos sentados en el tren del malecón que nos inspiraba una extraña paz, alimentada por la quietud de la playa y el escaso movimiento de esas horas. Los vientos soplaban irreverentes y las pocas palmeras se balanceaban muy noblemente. Besarse en ese contexto es simplemente mágico. Cerrar los ojos, viajar a otro tiempo y otro espacio donde no hay antes ni después, ni arriba ni abajo, y luego abrirlos y ver que la playa sigue ahí y tu pareja también. A veces hay que viajar lejos para ser conscientes de la felicidad.

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